Hermanos hispanoamericanos y el triunfo de Paraguay
Reflexiones sobre Iberoamérica y una fraternidad que quedó evidente en pleno Mundial.
POLÍTICAOPINIÓN
Juan José Alonso
6/30/20262 min read
El 29 de junio de 2026, en un avión comercial, un grupo de pasajeros —la mayoría con la camiseta argentina puesta— seguía el partido de Paraguay contra Alemania en la pantalla de un celular. Cuando llegó el penal decisivo, el avión entero estalló. Argentinos y paraguayos, desconocidos hasta ese vuelo, se abrazaron y cantaron juntos "Vamos, vamos, Selección". No era su triunfo. Y sin embargo, lo festejaron como propio.
No fue un caso aislado. En Buenos Aires, la pensión de inferiores de San Lorenzo vivió la tanda de penales con las manos entrelazadas, en actitud de rezo. No rezaban por su club. Rezaban por Orlando Gill, arquero paraguayo que juega en San Lorenzo, héroe de la noche al atajar dos penales decisivos. Sudamérica entera, por una noche, fue un solo equipo.
Es tentador leer esto como folclore futbolero. Pero hay algo más hondo. Lo que se vio esa noche fue hispanidad en su forma más concreta. No la de los discursos solemnes. La que aparece cuando nadie está mirando: un avión que canta junto, una pensión de barrio que reza por el arquero de otro país.
Para quienes creemos en la fe católica, esa escena tiene una resonancia particular. La hermandad entre los pueblos hispanoamericanos no es una construcción artificial. Nace de una matriz común: siglos de historia compartida, una misma lengua, una misma fe que cruzó el océano y modeló identidades que hoy, sin proponérselo, se siguen reconociendo como propias.
Pero esa hermandad no puede quedar reducida a la emoción de una noche de penales. Merece ser canalizada hacia algo más duradero. En la cancha, somos rivales: Argentina contra Paraguay, Brasil contra Uruguay, cada uno defendiendo su camiseta con orgullo legítimo. Pero frente al resto del mundo, esa rivalidad debería transformarse en otra cosa. No hace falta inventar burocracias nuevas para sentir lo que ya se siente de forma espontánea. Lo que hace falta es llevar esa hermandad al concierto internacional de naciones: una agenda iberoamericana común, defendida con unidad y fraternidad allí donde realmente importa, frente a los bloques que sí actúan de forma coordinada.
Lo que el avión de Paraguay y Alemania mostró no fue solo una alegría deportiva. Fue la prueba de que la hermandad hispanoamericana es un sentimiento real, vivo, que aflora espontáneamente cuando un pueblo hermano gana. La pregunta que queda planteada es simple: ¿seremos capaces de convertir esa hermandad sentida en decisiones concretas entre naciones?
Juan José Alonso.


