La cobardía disfrazada de paz

Sobre el pacifismo.

RELIGIÓNOPINIÓN

Enrique Domingo María Laxague

6/24/20262 min read

“No quiero problemas”. Una frase muy típica y corta, casi universal. Sorprendentemente, todos alguna vez fuimos su autor o su víctima, y, en la mayoría de los casos, fuimos ambos. Hace unos días, leía sobre la terrible persecución sufrida por la Iglesia Católica en la Revolución Francesa, en especial aquella perpetrada contra el sacerdocio. En ella, a pesar de grandes ejemplos de heroísmo, tomaron protagonismo ciertos personajes —una minoría del clero— que traicionaron su estado en pos de salvar su vida, su libertad o su cargo; en fin, “no querían problemas”. Estos sacerdotes felones fueron considerados hombres de paz, “buenos cristianos”, ya que buscaban la paz a toda costa, sacrificando sus más hondos principios.

Seguramente, a una escala menos drástica, podamos reconocer esta actitud en nuestro cotidiano. En nuestros días, ha tomado fuerza la idea que debe evitarse a cualquier precio el conflicto. Todo debe ser sacrificado a fin de eludir la inseguridad, la incomodidad o la incertidumbre del choque. No importa la verdad, sino no ofender a las personas y, así, vivimos en la ridícula ficción de que toda opinión es buena y válida. De forma contradictoria, ya que su fin es la absoluta libertad de expresión, esta actitud suprime el pensamiento personal y, por ejemplo, al opinar sobre cuestiones controvertidas como el aborto, la homosexualidad o la conquista de América, corremos el peligro de ser tachados de “fundamentalistas”, “extremistas” o “intolerantes”.

Ante frutos podridos, debemos apreciar las raíces del árbol. Entonces, ¿qué es la paz? La encíclica Pacem in terris del Papa San Juan XXIII, luego de recordar que Cristo es el “Príncipe de la paz” (Is 9, 5), declara su improcedencia a menos que responda a “un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad”. Por lo tanto, toda “paz” no movida por estos altos valores es sino un criminal pacifismo, homicida y usurpador de la verdadera paz, impostor adornado de inclusividad, tolerancia y bondad.

No existe paz sin verdad y solo la verdad trae paz. No cabe duda, no existe mayor acto de caridad que enseñarla, demostrarla y defenderla ¿No es acaso la conversión de un alma su introducción en la Verdad? Por el contrario, su sacrificio es el peor de los delitos, un auténtico despliegue de cobardía, ardid y engaño, que no puede sino resultar en la corrupción del alma. Sólo miremos a nuestros santos mártires, ¿No han muerto ellos por la verdad? ¿Qué hubiera pasado sí, evitando un disgusto, la hubiesen negado? Nada de eso. Sin lugar a dudas, ese es el mandato del cristiano: sostener la verdad hasta las últimas consecuencias.

Así, nos urge ser pacíficos, pero no pacifistas. Debemos buscar la verdadera paz en todos lados, lo que incluye, algunas veces, enfrentar a aquellos que pretenden negar sus fundamentos. Esto, por supuesto, supone no caer en el otro extremo, faltando a la caridad al soltar verdades torpemente, olvidando las exigencias de tiempo y lugar que esta impone. Es cierto que, como solemos decir, “la verdad duele” o, más bien, “la verdad puede doler”, sobre todo si supone salir del error. No obstante, recordemos siempre, si lo que buscamos es la paz verdadera, esta no se negocia ni se disfraza, sino que se construye sobre la verdad, aun cuando sostenerla tenga un alto costo.

Enrique Domingo María Laxague.

Trinchera para la batalla cultural.

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